RELATOS DE VIDA

 

        Confesiones de la infancia: Una amiga llamada Avispita.-

En nuestra hermosa patria venezolana, es costumbre decirle “avispado”, a las personas  inteligentes, despiertas, sagaces.  Esta es la historia de “avispita” una niña que logró captar la atención de propios y extraños  por su inteligencia la cual demostraba en la rapidez de sus respuestas o acciones ante alguna eventualidad o preguntas de los adultos, ella siempre tenía una respuesta viable para cada situación.   

            En el Valle de Caracas, muy hacia el norte, lindando con las faldas del Parque Nacional Waraira Repano, mucho tiempo atrás existía una apacible comunidad muy unida, que aun estando en los tiempos del llamado desarrollo urbanístico, conservaba sus casas coloniales y por supuesto la gentileza y solidaridad entre sus habitantes.  Allí pues, estaba nuestro personaje infantil, heroína de mil aventuras imaginarias, quien junto a sus amiguitas y amiguitos siempre resultaban vencedores en todas las travesuras que se les ocurrían, eran los héroes invencibles ante los seres malos que intentaban hacer daño a la humanidad.

            Avispita tendría en aquel entonces unos cinco años, desarrolló tempranamente el interés por la lectura, siempre quería saber “qué dice allí”  y a esa edad ya leía ávidamente cantidad de los llamados suplementos (historietas de caricaturas) los cuales iba a cambiar al kiosco de periódicos semanalmente. De allí sacaba las aventuras para jugar sola y cuando le daban permiso para ir a jugar con sus amistades. Tenía mucha imaginación, la había desarrollado porque era en la práctica una niña criada sola, en sus cinco años había crecido con una madre ausente y un padre afectuoso pero muy autoritario que mantenía un comercio mediano con el tránsito de mucha gente adulta, de allí su pronta madurez y su chispa en las respuestas.

            Un episodio que narra la ahora no tan niña es que ella siempre estaba en el comercio de su padre cuando no estaba en la escuela, allí acudían un sin fin de personas y entre ellas policías uniformados que tenían un puesto cercano al lugar y siempre acudían a tomar café y a comer. Para Avispita no eran bienvenidos los uniformados, ella les tenía miedo porque representaban la muerte, uno de ellos había disparado contra su perra Laica, una pastor alemán que era su compañera de juegos y le habían arrebatado la vida.  Fue otro doloroso momento para Avispita.  A Laica no le agradaban los uniformados y vio a uno entrar al negocio y le saltó encima, el policía disparó hiriendo de muerte a la mascota. Pasado mucho tiempo comprendió lo ocurrido, que el uniformado le disparó defendiéndose de Laica que ya lo había mordido, pero su recelo por la policía continuaría por siempre, según su dicho.

 Así que Avispita, siempre estaba presta para hacer volar la imaginación en sus juegos y aventuras, en sus sueños de infante, seguía volando, con poderes extraños que le servían para defender a los más débiles y a los animales: En una oportunidad era la Reina de la Selva, en otra era la mujer Maravilla o Súper niña,  siendo éstos  sus personajes preferidos y en compañía de sus amiguitos, ella siempre tenía que ser el personaje principal, es decir, la heroína. En su imaginación, prefiguraba que cuando ella fuese grande la gente usaría ropa ajustada como la de Superman, Batman y la Mujer Maravilla. Eso ocurrió en la realidad muchos años después. Algo que causaba mucha diversión era llegar a los edificios que estaban cerca del colegio, tocar los timbres desde el último piso y salir corriendo por las escaleras, causando en el travieso grupo una fuerte emoción, mucha adrenalina para la época. 

Cuando inicia la primaria, rápidamente consigue tener amistades, niñas y niños y hace un grupo que comienza a corretear el colegio apenas suena la hora del recreo.  Tuvo sus rivales hembras y varones que le querían arrebatar el liderazgo, siempre se defendió y salió victoriosa, unas veces aplicando astucia y otras de forma no muy civilizada, pero eran otros tiempos, no había tanta violencia ni maldad; no permitía que nadie su burlara o acosara a sus amigos (lo que ahora llaman bulling) y eso era ventilado a puñetazo limpio, todavía no estaban de moda los psicólogos. Ah, no se puede dejar de mencionar, dicho por ella misma, que era excelente estudiante, siempre con la máxima nota y por ello los maestros le perdonaban sus tantas travesuras. 

Ya con ocho años de vida conoció un cantor amigo de su padre, de nombre Andrés Cisneros, quien entonaba canciones muy bonitas y tristes, frecuentemente acompañaba a su papá en el almuerzo y tomaban “polarcita” o “caraquita”, también cantaba en las emisoras de radio y en algunos espacios sociales, el hermano de Andrés siempre compartía con ellos; Avispita observaba sentada en el suelo como para que no la vieran y lloraba de sentimiento por la letra de las canciones. Como el amigo de su padre tocaba la guitarra, vio la oportunidad de aprender, hizo amistad y le pidió que le enseñara a tocar guitarra pero muy poco duraron las lecciones, no se presentaba el maestro, a los días le dijeron que él había fallecido, eso la impactó y comenzaron las interrogantes acerca de la muerte, sufrió en silencio la ausencia de su ya entrañable pero breve amigo y maestro de guitarra y canto, pero cuando se es niña, como ella dice, la tristeza pronto se desvanece. 

Hay un episodio que ella narra con mucha picardía y es el siguiente: Estando en cuarto grado, ya una “niña grande” de unos diez años, en la hora del recreo, sostuvo una discusión con un compañero de salón porque él la molestaba preguntándole si quería ser su novia, Sandoval, me dice ella, ese era su apellido, cuando él le hace la pregunta se le encimó para darle un empujón y que no la fastidiara más, y resulta que la cabeza del muchacho fue a tener al tronco de un árbol cercano y se lastimó cerca de la ceja, el resultado cuatro puntos de sutura y la ida a dirección para esperar su regreso del hospital. Apenas llegó el alumno herido, ella le dijo muy rápido en presencia de la directora: ¿Verdad que yo no fui? ¿Qué te golpeaste con el árbol tú sólo?  Y Sandoval dijo, no maestra ella no tiene la culpa, me caí. No hubo manera de que la acusaran. 

Para ella fueron dos largas horas de espera, con la amenaza de expulsión.  Pero ahí no queda la cosa con Sandoval. Años más tarde, relata Avispita, ya estudiando en el liceo, en la avenida Baralt, entra a una panadería a comprar pan dulce, alguien se le acerca y le pregunta si lo recuerda, ella lo ve con curiosidad pero no, no recuerda esa cara; él pausadamente le pregunta, apuntando su dedo índice a la ceja, en la cual hay una cicatriz, y esto, ¿lo recuerdas? Sus recuerdos afloraron y con un sentimiento de culpa y admiración le ripostó: ¡Tú eres Sandoval! Fue un fraterno y sincero abrazo y continuaron charlando buena parte de ese día. A ello siguió una linda amistad que se prolongó por varios años, cuando las circunstancias de la vida les señalaron distintos senderos y perdieron la comunicación. 

Algo que dejaba intrigados a las muchas personas que llegaban al local que regentaba su padre, era que elaboraba una cantidad de pequeños escritos en hojas, con figuras a semejanza de fotos y cuando veía que había bastante gente, ella comenzaba a decir en voz alta “periódico, compre su periódico” , los ofrecía y solicitaba que le pagaran con monedas, no aceptaba “fiado”  las personas se reían del atrevimiento y le daban monedas a cambio del “periódico” y así iba juntando para comprar los suplementos (historietas) que tanto le gustaban. 

Así que nuestra amiga a quien llamaban Avispita de niña, como expresé al principio, era una niña vivaz, con mucha imaginación, respondona, mandona y muy inteligente, que supo ganarse a los adultos con sus ocurrencias y respuestas certeras y a sus contemporáneos por su sagacidad y “don de mando” a tan temprana edad. En otros relatos seguiré contando las anécdotas de este personaje infantil, imaginativo y travieso que logró superar sus propios miedos a tan corta edad.  

                       

                                                                                                      Escrito por:  Judith Hernández Buitrago

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